
Edición 043/2026
Buenos días, hoy es jueves 26 de febrero de 2026.
La salida forzada de unas 80 personas de Atascaderos, en Guadalupe y Calvo, no es un episodio aislado: es el síntoma más reciente de una enfermedad que Chihuahua arrastra desde hace más de una década. El desplazamiento interno por violencia dejó de ser una excepción y se convirtió en una rutina trágica, normalizada por la indiferencia institucional y por una descomposición social que avanza sin freno.
El éxodo de Atascaderos con decenas de vehículos huyendo por miedo, amenazas y la certeza de que nadie los protegerá revela un patrón que se repite en la sierra: comunidades enteras que se vacían porque el Estado no llega, o llega tarde, o llega sólo para contar víctimas.
En Guadalupe y Calvo, como en otras zonas serranas, la vida cotidiana se volvió una negociación permanente con grupos armados. La autoridad municipal carece de capacidad; la estatal, de presencia; la federal, de voluntad sostenida. En ese vacío, la gente entiende el mensaje: “sálvese quien pueda”.
El estado de Chihuahua enfrenta hoy un arco de riesgo que va mucho más allá de la sierra:
Ciudad Aldama vive desde hace años bajo fuego cruzado, balaceras, comunidades que sobreviven entre retenes, amenazas y desplazamientos intermitentes.
La frontera —Ciudad Juárez, principalmente— mantiene ciclos de violencia que se reactivan con cada reacomodo criminal.
La región Satevó–Parral se ha convertido en un corredor estratégico disputado, donde la población rural queda atrapada entre extorsiones, desapariciones y la imposición de normas criminales. El despojo de vehículos en la carretera de manera violenta.
Cada punto del mapa comparte un denominador común: la erosión del tejido social y la ausencia de un Estado capaz de garantizar lo más básico: vivir sin miedo.
La descomposición social se alimenta de esa pérdida. Donde antes había redes de apoyo, hoy hay silencio. Donde había escuelas, hoy hay aulas vacías. Donde había autoridades locales, hoy hay figuras simbólicas sin poder real. Y donde había jóvenes con expectativas, hoy hay reclutamiento forzado o migración desesperada.
El gobierno federal y el estatal comparten una responsabilidad que ya no puede maquillarse con discursos: no han logrado proteger a las comunidades rurales de Chihuahua.
El desplazamiento en Atascaderos debe ser un punto de quiebre, no una nota más en la estadística.
El gobierno tiene la obligación de garantizar el retorno seguro de las familias, restablecer la presencia institucional real, no simbólica reconstruir el tejido social con educación, salud y oportunidades, reconocer públicamente la magnitud del problema.
Y la sociedad, incluidos los medios, debemos evitar la indiferencia. Cada comunidad que huye es una derrota colectiva.
La pregunta que queda en el aire es simple y brutal: ¿cuántos pueblos más deben vaciarse para que Chihuahua deje de normalizar el abandono?.
Al tiempo.









