Edición 059/2026
Buenos días Chihuahua, hoy es lunes 1 de Junio de 2026.
La guerra política entre Chihuahua y el gobierno federal ya no es una hipótesis ni un forcejeo soterrado. Es un conflicto abierto, sostenido y cada vez más frontal.
Lo que durante meses se insinuó en declaraciones cuidadosas, hoy se expresa sin rodeos: la gobernadora Maru Campos decidió dejar de guardar silencio y responder directamente a lo que considera una persecución política impulsada desde Palacio Nacional y amplificada por Morena.
El punto de quiebre no es menor. A un mes de que la presidenta Claudia Sheinbaum lanzara sus primeras acusaciones públicas contra el gobierno estatal —y de que la administración chihuahuense replicara con la misma contundencia—, el pleito ya no admite matices. Las dos mandatarias han fijado postura, han endurecido el discurso y han convertido a Chihuahua en uno de los frentes más visibles de resistencia al proyecto político de la 4T.
No es un fenómeno nuevo, pero sí un momento decisivo. Ni en los mejores años de López Obrador, cuando su popularidad alcanzó niveles históricos, logró abrirse paso en Chihuahua. Ni en la elección presidencial ni en la intermedia Morena consiguió un dominio claro. Ha avanzado, sí, pero los chihuahuenses han contenido ese crecimiento en las urnas, manteniendo un equilibrio político que contrasta con el mapa nacional.
Ese contexto explica por qué el choque actual tiene un peso simbólico y estratégico. Para el gobierno federal, Chihuahua representa un territorio que no se ha alineado al proyecto de la izquierda gobernante. Para el gobierno estatal, la presión desde la Federación se interpreta como un intento de disciplinamiento político. Y en medio, la ciudadanía observa cómo la confrontación escala sin que se conozcan aún sus límites ni sus consecuencias institucionales.
Lo cierto es que la relación está rota. No hay señales de distensión, no hay puentes visibles y no hay voluntad de bajar el tono. La narrativa de persecución desde la Federación y la narrativa de irregularidades desde Morena se retroalimentan, se endurecen y se convierten en combustible para un conflicto que podría marcar el rumbo político del estado en los próximos años.
Falta tiempo para 2027, y no corresponde anticipar escenarios electorales. Pero sí es evidente que Chihuahua se ha consolidado como un contrapeso incómodo para el gobierno federal y como un laboratorio político donde se mide la resistencia al proyecto nacional de Morena.
Lo que ocurra en los próximos meses no solo definirá la relación entre dos niveles de gobierno. También pondrá a prueba la capacidad del estado para sostener su autonomía política en un país donde la confrontación entre Federación y entidades vuelve a ocupar un lugar central.
La guerra política está declarada. Y Chihuahua, una vez más, está en el centro del tablero nacional.
Veamos que pasará.
Al tiempo.









