
Edición 056/2026
Buenos días Chihuahua.
Hoy es martes 12 de Mayo de 2026.
La educación de un país revela, con una claridad que ningún discurso puede maquillar, el tipo de futuro que se está construyendo.
Por eso resulta tan preocupante la ligereza con la que, en los últimos días, se ha manejado desde el propio gobierno federal un tema que debería ser tratado con rigor, responsabilidad y visión de Estado. El conflicto público entre el secretario de Educación, Mario Delgado, y la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la supuesta anticipación del fin del ciclo escolar no solo exhibe desorden interno: expone una pregunta más profunda y más inquietante, una que la ciudadanía tiene derecho a plantear sin rodeos: ¿en manos de quién está realmente la educación del país?.
El episodio comenzó con un anuncio sorpresivo del secretario, quien informó que el ciclo escolar concluiría antes de lo previsto, a finales de este mes. No hubo explicación técnica, no hubo fundamento pedagógico, no hubo consulta con especialistas ni con las comunidades escolares. Simplemente se dijo. Horas después, la presidenta intervino para matizar, revisar, corregir. Y finalmente ante la gran inconformidad nacional se reculó, dejando claro que el ciclo escolar terminará a mediados de junio, como estaba originalmente establecido.
El problema no es el ir y venir de fechas, sino lo que ese ir y venir revela: improvisación, falta de coordinación y una preocupante ausencia de seriedad en un sector que debería ser el más blindado contra la volatilidad política.
Más aún, el intercambio de declaraciones ocurrió en un contexto donde la atención pública estaba centrada en el caso del gobernador Rubén Rocha Moya y las acusaciones graves de narcotráfico que lo rodean. Para muchos observadores, el choque entre Delgado y Sheinbaum pareció más un distractor que un desacuerdo genuino. Y si la educación se usa como cortina de humo, el daño es doble: se degrada el debate público y se trivializa el futuro de millones de estudiantes.
Pero incluso eso es apenas la superficie. El verdadero problema no es si el ciclo escolar se acorta o no. El verdadero problema es la calidad de la educación que se está impartiendo. La Nueva Escuela Mexicana, presentada como un modelo transformador, ha mostrado deficiencias profundas: materiales insuficientes, contenidos ideologizados, ausencia de formación docente sólida, improvisación curricular y una desconexión evidente entre lo que se enseña y lo que el país necesita para competir en un mundo que avanza a una velocidad vertiginosa.
Mientras otros países fortalecen ciencias, matemáticas, pensamiento crítico, habilidades digitales y dominio del idioma, México parece caminar en sentido contrario, dando tumbos entre ocurrencias administrativas y decisiones políticas que no pasan por el filtro de la evidencia pedagógica.
La pregunta es inevitable: ¿hacia dónde vamos como país en materia educativa? Porque no se trata solo de un modelo fallido, sino de una visión incompleta del papel que la educación debe jugar en el desarrollo nacional. Un sistema educativo no puede construirse con parches, ni con anuncios repentinos, ni con rectificaciones apresuradas.
Tampoco puede depender del humor político del día ni de la necesidad de distraer la conversación pública. La educación exige continuidad, profesionalismo, planeación de largo plazo y una convicción profunda de que ahí se juega la verdadera soberanía de una nación.
Hoy México enfrenta un riesgo silencioso pero devastador: normalizar la mediocridad educativa. Aceptar que los aprendizajes pueden esperar, que los calendarios pueden moverse sin justificación, que los modelos pueden improvisarse, que los maestros pueden navegar sin capacitación y que los estudiantes pueden avanzar sin dominar lo esencial. Ese es el verdadero colapso, uno que no se ve en titulares pero que se acumula en generaciones enteras.
Si la educación está en manos de quienes la tratan como un trámite, un anuncio o un instrumento político, el país está en problemas.
Si está en manos de quienes entienden su dimensión histórica, científica y social, aún hay esperanza.
Pero esa definición no puede seguir en el aire. México necesita claridad, rumbo y responsabilidad. Y necesita, sobre todo, que quienes hoy tienen en sus manos la conducción educativa actúen con la seriedad que el país merece.
Usted que opina estimado lector.









