Edición 03o/2025
Buenos días Chihuahua.
Hoy es martes 11 de noviembre de 2025.
En un país cuya historia está marcada por la lucha por las libertades, la reciente iniciativa del diputado morenista Arturo Ávila para regular los contenidos religiosos emitidos en templos, iglesias y espacios de culto representa un preocupante retroceso.
Bajo el argumento de “orden digital” y “neutralidad de red”, se pretende someter los mensajes religiosos a supervisión estatal, como si la fe fuera un algoritmo más por calibrar.
La propuesta, que busca modificar la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, no sólo vulnera el artículo 24 constitucional —que garantiza la libertad de religión—, sino que amenaza con convertir al Estado en censor de lo espiritual.
¿Quién decide qué sermón es aceptable? ¿Qué oración es “neutral”? ¿Qué pasaje bíblico, coránico o ancestral puede ser considerado “discurso de odio”?.
La libertad religiosa no es una dádiva del poder público, sino un derecho humano fundamental. Regular los contenidos emitidos en iglesias equivale a fiscalizar la conciencia, a vigilar el alma.
En un país plural, donde conviven católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, indígenas con cosmovisiones propias y ciudadanos sin afiliación religiosa, imponer filtros ideológicos desde el Congreso es una forma de violencia simbólica.
Más aún, esta iniciativa confunde la laicidad con la hostilidad hacia lo religioso. El Estado laico no es un Estado ateo, sino uno que garantiza que todas las creencias —incluyendo la no creencia— puedan coexistir sin privilegios ni persecuciones.
La creación de una “Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones” para supervisar contenidos religiosos en medios digitales y físicos abre la puerta a una burocracia inquisitorial. ¿Se sancionará a un pastor por predicar sobre el perdón? ¿A un rabino por hablar de justicia divina?.
La neutralidad de red no puede convertirse en neutralidad de espíritu. La fe, por definición, es apasionada, simbólica, comunitaria. Pretender que se exprese con lenguaje técnico, despojado de emoción, es desconocer su naturaleza.
La iniciativa de Ávila debe retirarse no por cálculo político, sino por convicción democrática. Regular la fe es regular la libertad. Y en México, la libertad no se negocia.









