Edición 028
Buenos días Chihuahua.
Hoy es martes 4 de Noviembre de 2025.
Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, no fue asesinado por sorpresa.
Fue ejecutado tras semanas de súplicas públicas para mejorar la seguridad de su municipio, pero sobre todo combatir a las bandas criminales del Cártel Jalisco Nueva Generación y los Caballeros Templarios que mantienen azolados a todos los sectores sociales de aquella entidad.
Le pidió insistentemente a Claudia Sheinbaum que visitara Michoacán, le rogó a Omar García Harfuch que atendiera la crisis de seguridad pero ambos nunca respondieron.
El periodista Joaquín López Dóriga retransmitió ayer en su noticiero de Radio Fórmula la entrevista que le hizo al edil hace un mes y donde critica fuerte y sin tapujos la falta de inacción del gobierno estatal y la indiferencia de Sheibaum y Harfuch.
Su asesinato no fue un accidente: fue el desenlace de una omisión sistemática.
La semana pasada, el líder limonero Bernardo Bravo también fue asesinado. Otro mexicano que se atrevió a denunciar extorsiones, amenazas, y el control territorial del crimen organizado.
¿Qué tienen en común Manzo y Bravo?, que ambos pidieron ayuda, fueron ignorados. Ambos murieron en un país que presume gobernabilidad mientras entierra a sus líderes.
Tras el asesinato de Manzo, la presidenta anunció hoy en un guion que parece más del viejo sistema político, un “reforzamiento de seguridad” en Michoacán. Lo hizo desde la conferencia mañanera, rodeada de promesas y narrativas de éxito. Pero el anuncio no fue una estrategia: fue un acto reflejo. Una reacción mediática para contener el escándalo, no para enfrentar el problema.
Cada mañana, el país despierta con una narrativa oficial que maquilla la violencia. Se habla de paz mientras se multiplican las fosas. Se presume gobernabilidad mientras los alcaldes usan chalecos antibalas. Se repite que “vamos bien” mientras los valientes mueren por pedir justicia.
La simulación tiene guion: Se minimiza la violencia con estadísticas parciales, se descalifica a quienes critican la estrategia de seguridad, se pospone la atención a las regiones más golpeadas y se convierte el dolor en espectáculo político.
Carlos Manzo canceló fiestas patrias por seguridad. Implementó operativos locales y denunció públicamente la falta de apoyo federal. Su asesinato fue anunciado por él mismo. Y aun así, fue ignorado. ¿Qué dice eso de nuestra democracia?, no sirve.
Cuando los líderes locales son abandonados, cuando los productores son extorsionados, cuando los ciudadanos son silenciados, no estamos ante fallas aisladas. Estamos ante una estrategia que normaliza el abandono y que convierte el silencio institucional en complicidad.
Nos queda la memoria de los que alzaron la voz. Nos queda la rabia de los que no fueron escuchados. Y nos queda la obligación de exigir que el Estado deje de simular y empiece a proteger.
Al tiempo.










