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Barrientos La Noticia

La degradación normalizada en el Poder; El Senado que ya no se respeta ni a sí mismo

Edición 039/2026

Buenas tardes Chihuahua, hoy es 5 de febrero de 2026.

Por más que uno quiera normalizarlo, hay escenas que retratan con precisión quirúrgica el estado de degradación que sufre nuestra vida pública.

La más reciente: una senadora del PVEM, Juanita Guerra, captada mientras se pintaba el cabello en una estética clandestina instalada —como si nada— en el segundo piso del Senado de la República. Un servicio privado, en un espacio público, dentro del recinto donde se supone que se toman decisiones importantes del Estado.

No es un desliz menor. Es un síntoma sin duda.

El Senado en México debería ser la cámara de mayor rigor, la que revisa, corrige y equilibra. La que, por diseño constitucional, exige mayor preparación y mayor sobriedad en sus integrantes. Pero en los hechos, se ha convertido en un circo, un escenario donde la solemnidad se diluye entre frivolidades, ocurrencias y usos personales del espacio público.

Una estética clandestina no es solo una falta administrativa. Es un mensaje de que la investidura legislativa ya no pesa, el recinto ya no importa y el cargo se vive como un privilegio, no como una responsabilidad.

No es la primera vez que se clausura un espacio así dentro del Senado. Tampoco es la primera vez que el Congreso se convierte en salón de fiestas: hace unos meses, legisladores federales bailaban al ritmo de la Sonora Santanera en pleno recinto legislativo, como si el Congreso de la Unión fuera un foro de entretenimiento.

La pregunta que debemos hacernos los mexicanos no es por qué ocurre. La pregunta es por qué ya no nos sorprende y lo más grave, ¿porque no actuamos?.

Muchos de los legisladores involucrados en esta nueva polémica pertenecen a partidos de izquierda que han construido su narrativa sobre una supuesta austeridad, la sobriedad y la supuesta superioridad moral. Pero la austeridad se les olvida cuando ellos abusan de privilegios y comodidades instaladas en espacios que no les pertenecen.

La incongruencia no solo irrita, desgasta la confianza pública, la política se vuelve ruido.

Hay quien dice que los legisladores son un espejo de la sociedad. Otros sostienen que son una élite desconectada que opera bajo sus propias reglas. Lo cierto es que estas escenas alimentan una percepción peligrosa: que las instituciones son irrelevantes, que las reglas son opcionales y que la política es un espectáculo sin consecuencias finalmente.

Cuando el Senado se convierte en show de camerino, el mensaje hacia afuera es devastador: si ellos no respetan el recinto, por qué habría de respetarlo la ciudadanía.

En relación al caso del tinte a la senadora Juanita Guerra, el problema no es el tinte, es la naturalidad con la que se instala una estética en un edificio público, la ausencia de sanciones, la risa cómplice.
Es la cultura interna que permite que el recinto legislativo se use como si fuera propiedad privada.

La degradación institucional no ocurre de golpe, ocurre con pequeñas transgresiones que se vuelven costumbre y parece es lo que le ha pasado al Congreso de la Unión.

Mientras el país enfrenta desafíos reales —violencia, desigualdad, crisis en todos los sistemas de salud, tensiones económicas, super endeudamiento—, el Senado aparece en la conversación pública no por sus debates, no por sus dictámenes, no por su función de contrapeso, sino por una estética clandestina lo cual es trágico.

Cual circo romano, el senado parece haberse prostituido a tal grado que ya no importa el nivel de escándalo.

Quién podrá rescatarlo.

¿El pueblo?.

Al tiempo.

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