
Edición 044/2026
Buen día Chihuahua, hoy es martes 3 de marzo de 2026.
El pasado fin de semana el gobierno capitalino presentó el concierto de Shakira en el Zócalo de la CDMX como un regalo para el pueblo. Un espectáculo “gratuito”, dijeron. Pero en México nada que involucre al Estado es realmente gratis.
Aunque la producción haya sido financiada por una empresa privada, el aparato público —seguridad, logística, servicios urbanos, promoción institucional y uso del espacio más simbólico del país— sí tuvo un costo que inevitablemente recae en los contribuyentes.
En un país donde hospitales reportan desabasto de medicinas, donde madres buscan tratamientos oncológicos para sus hijos y donde comunidades enteras carecen de agua, la pregunta es inevitable: ¿qué prioridades está enviando un gobierno que celebra conciertos multitudinarios mientras persisten carencias básicas?. El costo de oportunidad es tan real como incómodo.
Lo que se destinó a sostener el evento —aunque sea en forma de recursos humanos, operativos y estructura pública— pudo haberse traducido en insumos médicos, mantenimiento escolar o programas sociales urgentes.
La actriz y cantante Susana Zabaleta lo resumió con crudeza cuando le preguntaron el pasado fin de semana sobre este concierto: “Al pueblo, pan y circo como lo hacían los romanos”. Y su frase no es un ataque a Shakira ni a la música, sino a la estrategia política que convierte el entretenimiento en un distractor emocional frente a la violencia, la desigualdad y el miedo cotidiano. El Zócalo, espacio históricamente político, se transforma así en un escenario de legitimación: una fiesta que busca suavizar la percepción de un país en crisis.
El debate no es cultural, es ético. ¿Debe un gobierno invertir tiempo, recursos y estructura en espectáculos masivos mientras miles de familias enfrentan carencias elementales?, ¿Es válido llamar “gratis” a un evento que utiliza recursos públicos, aunque no haya un pago directo a la artista?, ¿O estamos frente a una narrativa diseñada para generar simpatía y desviar la conversación nacional?.
Ayer la presidenta Sheinbaum utilizó una frase en su conferencia matutina de que «México estaba feliz y contento», ¿será?.
El concierto fue un éxito de convocatoria, sí. Pero también un recordatorio de que la política mexicana sigue apostando por la euforia momentánea en lugar de resolver los problemas de fondo. Y mientras la música se apaga, las carencias siguen ahí, sin reflectores, sin escenario y sin aplausos.
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