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Sistema de partidos políticos obsoleto en México: una reflexión necesaria

Por: Mtro. en Derecho, Contador Público y Abogado, Jorge Luis Millán Montes de Oca

El sistema de partidos políticos en México atraviesa una de las crisis más profundas de su historia contemporánea.

No se trata de un colapso funcional —los partidos siguen compitiendo, ganando elecciones y ocupando cargos públicos—, sino de una erosión acelerada de su legitimidad social. Entre 2024 y 2025, esta desconfianza alcanzó niveles récord, y todo indica que la tendencia continuará hacia 2026 si no ocurre una transformación estructural.

La ciudadanía percibe que los partidos dejaron de ser vehículos de representación y se convirtieron en maquinarias electorales desconectadas de la realidad. La pregunta ya no es si funcionan, sino ¿para quién funcionan?-

1. Desconfianza masiva: el síntoma más visible.

Las encuestas recientes lo confirman: sólo entre 11% y 15% de los mexicanos declara tener “mucha confianza” en los partidos políticos, mientras que más del 40% afirma no confiarles “nada”. Esta desafección no distingue colores.

Los partidos tradicionales —PRI y PAN— arrastran décadas de desgaste, pero incluso Morena, que llegó al poder con un capital político inédito, ha perdido identificación partidista: pasó de 50% a 42% en 2025.

La percepción dominante es contundente:

los partidos representan a sus élites, no a la ciudadanía.
Y en el imaginario colectivo, esas élites están vinculadas a intereses económicos, grupos de poder e incluso al crimen organizado.

 

2. Corrupción e impunidad: la herida que no cierra.

Los escándalos se acumulan como capas de una misma historia: Casa Blanca, Odebrecht, Estafa Maestra, Pegasus, Tren Maya, AIFA, contratos opacos, nepotismo, desvíos, moches.

La narrativa pública es clara: «cambian los colores, pero no las prácticas”.

La ausencia de consecuencias reales alimenta la idea de que la corrupción es un componente estructural del sistema político, no una desviación ocasional. La impunidad se volvió parte del paisaje institucional.

 

3. Promesas incumplidas y simulación de cambio.

La oposición tradicional perdió credibilidad al no ofrecer una alternativa sólida tras 2018. Morena, por su parte, enfrenta el desgaste natural del poder: inseguridad persistente, tensiones económicas, conflictos internos y escándalos de corrupción en sus propios cuadros.

El resultado es un sentimiento generalizado de estancamiento: “prometen cambios, se culpan entre sí y al final todo sigue igual”.

 

4. Oligarquías internas: partidos sin democracia.

Los partidos mexicanos operan como estructuras cerradas. Liderazgos vitalicios, candidaturas impuestas, militancias decorativas y nula renovación generacional.

Las coaliciones electorales —Va por México, Juntos Hacemos Historia—, lejos de fortalecer proyectos ideológicos, han reforzado la percepción de oportunismo: alianzas para no perder el poder, no para construir país.

 

5. Desconexión con las nuevas generaciones.

Millennials y Generación Z no son apáticos: están decepcionados.

Perciben que los partidos no entienden ni atienden sus preocupaciones: como empleo precario, salud mental, vivienda inaccesible, cambio climático, derechos humanos y seguridad cotidiana.

Por eso migran hacia movimientos independientes, activismo digital o simplemente la abstención.

 

6. Abstencionismo y crisis de representatividad.

La participación electoral se mantiene baja o decreciente. La abstención ya no se interpreta como indiferencia, sino como protesta silenciosa.

Muchos ciudadanos sienten que votar no cambia nada porque las decisiones importantes se toman fuera de los partidos: en el Ejecutivo, en acuerdos cupulares o en redes clientelares.

 

7. Concentración de poder y debilitamiento institucional.

Entre 2018 y 2025 se observó un debilitamiento progresivo de contrapesos institucionales. La oposición parece irrelevante y el partido en el gobierno concentra más poder, reduciendo el pluralismo real.

En este contexto, los partidos se perciben como engranes de un sistema que opera para sí mismo, no para la sociedad.

Un sistema que funciona… pero no para la gente.

Los partidos siguen siendo eficaces como máquinas electorales y como vehículos para acceder al presupuesto público. Pero la ciudadanía ya no cree que sirvan para resolver los problemas del país.

La percepción dominante es la de un sistema donde:

-los de arriba se reparten cuotas de poder,
-los de abajo reciben migajas clientelares,
– y los problemas estructurales —violencia, pobreza, desigualdad, corrupción, falta de seguridad social— permanecen intactos.

Frente a este panorama, surgen interrogantes inevitables:

– ¿Qué hará la sociedad mexicana?.
– ¿Cómo se organizará?.
– ¿Cuándo decidirá actuar?.
– ¿Con quién, si los partidos están secuestrados por sus cúpulas?

Las candidaturas independientes, que podrían ser una vía, han demostrado ser una falacia en la práctica: obstáculos legales, requisitos imposibles y estructuras diseñadas para impedir su crecimiento.

 

Conclusión: un sistema agotado que exige reinvención.

El sistema de partidos en México no está muerto, pero sí está agotado. Su obsolescencia no es técnica, sino ética y social.

La crisis no se resolverá con nuevos nombres o coaliciones improvisadas, sino con una transformación profunda que devuelva a la ciudadanía el protagonismo político que le ha sido arrebatado.

Mientras eso no ocurra, la distancia entre sociedad y partidos seguirá creciendo, y con ella, la fragilidad democrática del país.

 

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