El argentino Jorge Mario Bergoglio murió la madrugada del lunes, a los 88 años, por un derrame cerebral, casi un mes después de salir de una larga hospitalización por problemas respiratorios.
Se dispuso que entre miércoles y viernes el ataúd con su cuerpo permanezca en la Basílica de San Pedro para que quienes así lo deseen, acudan a despedirlo.
El respeto y el recogimiento marcan la jornada de este miércoles en la basílica de San Pedro, donde miles de fieles hacen una larga cola para dar su último adiós al papa Francisco, cuyo cuerpo yace expuesto ante el altar de la Confesión desde esta mañana.
Desde entonces, una marea humana avanza lentamente por la nave central del templo. Bajo un sol intenso que baña la plaza de San Pedro, peregrinos llegados de todo el mundo esperan pacientemente su turno, protegidos con sombrillas, gafas de sol y botellas de agua.
El papa Francisco será velado en una ceremonia oficiada por el decano del colegio cardenalicio, Giovanni Battista Re, y después el féretro del pontífice será trasladado a la basílica de Santa María la Mayor, donde será enterrado.
Las lágrimas y un sentimiento de esperanza se mezclan entre la multitud compacta que acude a la misa de réquiem por el papa Francisco, celebrada el miércoles en el Santo Sepulcro, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, uno de los sitios más importantes del cristianismo en el mundo.
«El papa nos dio esperanza y la conservaremos para siempre, incluso en esta difícil situación en Palestina», comenta Na’ma Tarsha, una jubilada originaria del monte de los Olivos, en las alturas de Jerusalén Este, la parte oriental de la ciudad ocupada y anexionada por Israel desde 1967









